martes, 3 de julio de 2007

La humanidad del 'ogro'




JUICIO POR UNA MASACRE / Los acusados
 
La humanidad del 'ogro'
 
La última sesión de la vista se vivió en un clima de distensión entre los procesados y, sobre todo, entre los abogados
 
M. MARRACO / J. MANSO

MADRID.- Cincuenta y siete sesiones y más de 310 horas compartidas después, a aquel ogro que infundía un temor insondable cuando clavaba su circunspecta mirada de ojos profundos se le ha escurrido a la vista de todos su inevitable humanidad. Ayer, última sesión del juicio, el otrora impenetrable Mohamed El Egipcio volvió a alejarse un paso más de aquel halo mítico que le rodeaba. Vestido con un chándal esperpéntico que parecía donado por los Hermanos Maristas, repartió sonrisas con sus compañeros de banquillo y se quejó repetidamente, señalando su reloj Casio, de que el abogado José Luis Abascal se extendía demasiado tiempo más allá de su hora de comer.

También ayer pudo verse a Suárez Trashorras (que, como casi siempre, siguió la sesión medio dormido) ayudando a anudarse el nudo de la corbata a Mouhannad Allmallah. O a Nasredine Bousbaa tumbado con unos pantalones pesqueros y los pies descalzos dentro del habitáculo blindado, que ofrecía una imagen veraniega, de mangas cortas y tonos claros. Y, con la excepción citada, los procesados iban más elegantes de lo habitual, sobre todo quienes luego hicieron uso del turno de última palabra.

Los abogados tampoco escondieron una cierta algarabía, en lo que parecía para ellos el último día de clase antes del verano. En su estrado no quedaba ni un asiento libre. Ni siquiera faltó Eduardo García Peña, pese a que su defendido, Brahim Moussaten, ya ha sido absuelto.

Animados por la intensa luz del sol que entraba a través de los cristales esmerilados de la sala, acompañaron con un molesto -pero alegre- runrún los alegatos finales de sus colegas Endika Zulueta y José Luis Abascal, y celebraron de manera aún más audible la llegada, con notable retraso, del letrado griego Andreas Chalaris.

Esa visible camaradería quedó plasmada al final de la mañana en una fotografía, en las escaleras de entrada a la sede judicial, en la que posaron juntos los abogados defensores. Todos, menos Gerardo Turiel, que se entretuvo demasiado hablando con el presidente del tribunal. A lo que sí llegó fue a la posterior comida de hermandad que compartieron en uno de los restaurantes cercanos al recinto ferial de la Casa de Campo.

En los alrededores de la Audiencia, la expectación, sin acercarse a la de aquella lejana primera sesión, el pasado 15 de febrero, fue mayor de lo habitual, con presencia de un buen número de periodistas gráficos y de los medios audiovisuales. Su protagonista, como aquel día, volvió a ser Pilar Manjón, que mostró su disgusto por la impresión de relajación que aparentaban los abogados: «Que venga el 091, porque esto no es ningún circo», se le escuchó decir.

Las cifras del juicio hablan de 57 sesiones a lo largo de cuatro meses y 17 días; 310 horas recogidas en 22 DVD. Un tiempo récord. Han comparecido 309 testigos (se ha renunciado a más del 25% de los solicitados inicialmente), de los que 117 pertenecen a las Fuerzas de Seguridad del Estado. Asimismo, han depuesto 71 peritos; excepto 16 forenses y 13 particulares, el resto también son agentes del orden.

El Ministerio de Justicia informó ayer de que el coste del juicio del 11-M ha ascendido a 3.260.766 euros, de los que una parte importante (más de un millón) se ha dedicado al acondicionamiento del pabellón de la Casa de Campo.

Entre las víctimas, volvió a observarse una fractura aparentemente irresoluble. El momento de mayor tensión se vivió cuando terminó su intervención José Luis Abascal, que pidió «Justicia por el bien de España». Esta sentencia fue aprobada por los afectados de la AVT (apoyados por un grupo de peones negros), pero provocó una reacción airada en los de Manjón: una de ellas se levantó, se carcajeó e hizo el signo de los cuernos, lo que llevó a Bermúdez a amenazar con desalojar la sala.

La progresiva humanización de los 29 acusados inicialmente de participar en la mayor matanza terrorista de la Historia de Europa ha sido una de las consecuencias de la proyección mediática del juicio. Casi sin querer, debajo de los personajes que ha ido creando la prensa se ha ido revelando la persona que, al fin y al cabo, debe de esconderse incluso dentro de un presunto terrorista. Quizá por eso, una parte del público siguió la intervención de Rafá Zouhier con una sonrisa en la boca. Y la de Abdelilah Fadual, Panchito, con una mirada de ternura.


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