martes, 3 de julio de 2007

Relato para tres plumas




PREGUERIAS
 
Relato para tres plumas
 
VICTORIA PREGO

No se ha recreado su señoría en la faena, no. Por más que éste haya sido un juicio histórico por la dimensión de lo sucedido, por el número de procesados, por la cantidad de abogados personados como acusaciones en la causa y por la formidable trascendencia política que desde el mismo 11 de Marzo acompaña a toda esta tragedia humana y de ámbito nacional, el presidente del tribunal, Javier Gómez Bermúdez, se limitó a decir a las once menos cuarto de ayer noche estas dos frases: «Gracias a todos por su colaboración. Visto para sentencia». Cosa austera donde las haya, ciertamente. Se ve que el magistrado tenía la voluntad deliberada de huir de toda tentación de grandilocuencia, que ya el juicio lleva su propia carga sin necesidad de adornarlo con frases lapidarias con vocación histórica. Así que hizo un cierre de rutina para un proceso ejemplar que empezó lleno de incógnitas y cuajado de dudas sobre su posible buen final y que ha terminado de la mejor manera imaginable: con los acusados dando sentidas gracias al tribunal y hasta a los policías que les han custodiado durante tantas jornadas, además de a sus letrados, cuyo admirable esfuerzo de defensa ha prestigiado no sólo el oficio de abogado sino, sobre todo, el oficio del abogado de oficio.

Pero rutina no. Aunque el cierre del presidente haya sido de perfil bajo, rutina es justamente lo que no ha habido en esta vista que ha terminado mostrando algunas zonas de luz -en realidad, muchas zonas de luz- donde al comenzar no había más que negrísimas oscuridades. Hace cinco meses partíamos de un sumario interminable que unos calificaban de primoroso y que EL MUNDO había denunciado como altamente insolvente. Partíamos de la acusación del Ministerio Fiscal, que según algunos incluía la solución a una ecuación endemoniada que una Fiscalía clarividente había logrado resolver, pero que para otros, como este periódico, se levantaba sobre una base artificialmente construida, si no directamente falsa. Incluso falseada.

Y ahora ya se puede decir que fuera del recinto acristalado, en estrados y en las sillas del público, también ha habido acusaciones y acusados. No penales, pero casi. Estaban los buenos y estábamos los malos. Pero, según se ha ido iluminando este intrincado laberinto con las declaraciones de los testigos, con las preguntas de los letrados y con las intervenciones de acusadores y defensores en sus conclusiones definitivas, esas fronteras, de comienzo tan rotundas, entre el Bien y el Mal, entre el arcángel Gabriel y el caído Lucifer se han ido diluyendo considerablemente por efecto de la brutal fuerza de los hechos.

A lo largo de estas 57 jornadas, entre los recovecos de aquella cashba sin luz que en el mes de febrero empezamos a recorrer con los ojos vendados y las manos extendidas para no estrellarnos contra el primer muro o la primera trampa, se han ido encendiendo algunas farolas que han permitido observar el panorama con mucha mayor nitidez pero que, al tiempo que iluminaban un camino, iluminaron también embocaduras de senderos que no se sabe todavía a dónde conducen.

Gracias a esas luces se ha evidenciado que no todos los acusados tienen las trazas de ser los requeteculpables que tuvieron al principio. Que no todas las acusaciones estaban tan fundamentadas y sólidamente amarradas como se anunció. Y que no todos los comportamientos de los miembros de nuestros Cuerpos y Fuerzas de Seguridad han sido lo decentes, profesionales, límpidos y honestos que deberían haber sido y que, sin opción posible a la duda, bajo riesgo de descalificación política y moral a los tibios en la fe, nos dijeron que habían sido. Este juicio ha aclarado muchas cosas pero también ha dejado perfilados con nitidez los contornos de una multitud de dudas que han quedado inapelablemente fijadas con categoría de tales. La identidad de los explosivos queda como incógnita principal.

Una pluma de oro, otra de plata y otra, más moderna, esmaltada de amarillo, han estado llenando decenas de folios todos estos días. Son las tres plumas de los magistrados, la amarilla de Gómez Bermúdez por delante, las que van a dibujar ahora el plano completo del laberinto del crimen cuyos recovecos hemos podido, al menos, atisbar.

victoria.prego@el-mundo.es


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